Huelgas por un mundo que merezca ser vivido

Artículo de Andrés R. Amayuelas, presidente de la Coordinadora de ONG para el Desarrollo.

Apenas 10 o 12 años. El último informe del Panel Internacional de Expertos sobre el Cambio Climático se difundió en octubre de 2018 y lo dejaba bien claro: poco más de una década para frenar las graves consecuencias del cambio climático. Después de analizar más de 6.000 estudios científicos nos recodaban cómo durante la última década, vivimos olas de calor, inundaciones, sequías y tormentas sin precedentes. Y eso con tan solo un 1ºC de incremento de la temperatura. Los polos y glaciares siguen derritiéndose, aumenta el nivel del mar. Malos tiempos para el clima y para la humanidad: el número de personas obligadas a abandonar sus hogares por razones climáticas crece exponencialmente; y las enfermedades causadas por el cambio climático causan cada vez más muertes –hasta 250.000 más hasta 2050.Cuesta más no hacer nada que ponernos manos a la obra.

Hace 12 años, el gobierno británico encargó al economista Nicholas Stern la elaboración de un informe sobre el impacto económico del cambio climático. Por aquel entonces, calculó que el coste de no hacer nada ante el calentamiento global sería del 5% del PIB mundial. Hace unos días asumía que se había quedado corto y que ahora sería mucho más. Insistía, además, que los próximos 20 años serán críticos para el planeta y, por tanto, para quienes vivimos en él. Tenía en cuenta que hoy el 50% de las personas vive en ciudades y en 2050 esa cifra alcanzará el 70%. Esta concentración de población en las ciudades supondrá un incremento de las infraestructuras existentes y una mayor demanda de energía por lo que, de no cambiar a fuentes limpias y sostenibles, correremos el riesgo de provocar unas temperaturas jamás vistas en millones de años.

Ha sido una adolescente quien ha dicho basta. Greta Thunberg ha dicho a los gobiernos que “no son lo suficientemente maduros como para contar las cosas como son”. La joven activista sueca participó en diciembre en la Cumbre del Clima de la ONU y, en enero, en el Foro Económico Mundial de Davos para espetarles que “dicen que aman a sus hijos por encima de todo, pero les están robando su futuro ante sus propios ojos”. Sus discursos se han viralizado porque han recordado a los políticos que “nuestra civilización está siendo sacrificada por la oportunidad de que un número muy pequeño de personas continúe haciendo enormes cantidades de dinero”. También les ha afeado que “solo hablan de seguir adelante con las mismas malas ideas que nos metieron en este lío, incluso cuando lo único sensato que pueden hacer es poner el freno de emergencia”.

En septiembre del año pasado Greta dejó de ir a clase los viernes para protestar delante del parlamento sueco. La indignación climática ha adoptado la etiqueta #FridaysForFuture (viernes por el futuro) y se ha ido extendiendo a la misma velocidad por las redes sociales que por los países europeos. En España, el viernes 1 de febrero, estudiantes de distintas edades llevaron a cabo la primera sentada frente al Congreso de los Diputados. Y para el próximo 15 de marzo han convocado una huelga global por el clima. Como apuntaba Greta “he aprendido que nunca eres demasiado pequeño para marcar la diferencia” y que “el verdadero poder pertenece a la gente”.

Esta lucha tiene mucho que ver con el feminismo, concluía Greta en una entrevista. El 8 de marzo, participamos en otra huelga histórica, la feminista, para reclamar igualdad y el reconocimiento de los derechos de la mitad de la población mundial. Precisamente la mitad que se encarga mayoritariamente de los cuidados de la vida. También la ecologista india Vandana Shiva sostiene que “cuando tenemos que pasar del des-cuido al cuidado, el amor y el compartir, las mujeres se convierten en maestras”. Ejemplos los tenemos en Lolita Chávez o en Berta Cáceres, asesinada hace dos años por defender la tierra y los ríos; o en las 39 mujeres asesinadas en 2018 por el mismo motivo según recoge Front Line Defenders en su último informe.

Si aspiramos a un futuro humano y sostenible en el que nadie se quede atrás, tenemos la obligación de impregnarnos de ecologismo y feminismo. No son planteamientos inconexos, ambos le plantan cara a un sistema capitalista depredador que obtiene beneficios para unos pocos explotando el planeta y los cuerpos de las mujeres. Para poder construir alternativas necesitamos dos manos: el feminismo y el ecologismo, ambas nos ayudan a ordenar la política y la economía en torno a la prioridad de promover vidas que merezcan ser vividas para todo el mundo. Sin olvidar ese lema que nos recuerda que hay que cambiar el sistema, no el clima.

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